Taquini y un pronóstico desafiante: la escuela tradicional pierde vigencia
Alberto Taquini cuestionó el modelo educativo clásico y planteó que la escuela debe reinventarse frente a la tecnología, la hiperconectividad y la inteligencia artificial.
La designación de Alberto Taquini como presidente honorario de la Academia Nacional de Educación volvió a poner en el centro del debate una pregunta incómoda pero necesaria: ¿sigue siendo válido el formato escolar que conocimos durante décadas? El académico, una figura clave en la expansión universitaria argentina, sostuvo un diagnóstico contundente sobre el presente de la enseñanza y remarcó que el sistema actual ya no alcanza para responder a las exigencias de este tiempo.
Su mirada parte de un cambio de época que atraviesa a toda la sociedad. Taquini plantea que la escuela tradicional, pensada para transmitir contenidos en un contexto más acotado y menos dinámico, perdió capacidad de respuesta frente a un mundo donde la información circula de manera inmediata, la conectividad es permanente y la inteligencia artificial empieza a ocupar un rol cada vez más visible. En ese escenario, el docente ya no es la única fuente de saber y el aula deja de ser el centro exclusivo del aprendizaje.
Uno de los puntos más fuertes de su planteo es la diferencia entre educación e instrucción pública. Según su enfoque, la instrucción respondió históricamente a una necesidad concreta: alfabetizar y garantizar saberes básicos. Sin embargo, ese esquema quedó limitado frente a trayectorias de vida más largas, cambiantes y complejas. Hoy, dijo en esencia, aprender no puede pensarse como una etapa cerrada de la infancia o la adolescencia, sino como un proceso continuo a lo largo de toda la vida.
Taquini describe este momento como un “cambio copernicano”, una transformación que no se reduce a sumar tecnología a las clases, sino que obliga a revisar la estructura completa del sistema. En su análisis, la escuela y la universidad deben dejar de enfocarse únicamente en la acumulación de conocimientos y concentrarse más en la capacidad de aprender de forma permanente. Eso implica revisar métodos, tiempos, evaluaciones y la manera en que se organiza la experiencia educativa.
La expansión de Internet y el uso masivo de dispositivos móviles también forman parte de esta discusión. Con más del 70% de la población mundial conectada, el conocimiento dejó de estar concentrado en instituciones específicas y pasó a circular de forma constante dentro y fuera del aula. Para Taquini, esto modifica de raíz la relación entre estudiantes, docentes y contenidos. A eso se suma el avance de la inteligencia artificial, que abre un nuevo capítulo sobre el modo en que se enseñarán materias como Matemática, Historia o Filosofía en el futuro.
En ese punto, el académico incluso advirtió que las plataformas tecnológicas podrán ofrecer en poco tiempo niveles de enseñanza muy altos en distintas áreas. Su planteo no apunta a desconocer el valor de la escuela, sino a reconocer que el modelo actual exhibe límites concretos. Según su lectura, hoy el aprendizaje formal exige menos tiempo del que ocupan muchas jornadas escolares, lo que pone en evidencia una estructura que arrastra inercias y actividades que ya no siempre tienen una lógica clara.
El análisis también llega al caso argentino. Taquini describió un sistema rígido, con dificultades para adaptarse a los cambios, y usó como ejemplo la imposibilidad de completar la educación secundaria de manera completamente online. A su vez, puso sobre la mesa dos factores que condicionan cualquier reforma: la caída de la natalidad y el peso del gasto educativo. En su visión, el debate ya no pasa solo por cuánto se invierte, sino por cómo se utilizan los recursos.
En el plano universitario, su balance combina reconocimiento y crítica. Valoró la expansión que permitió descentralizar el acceso a la educación superior y llevar oportunidades a distintas regiones del país, pero señaló problemas de eficiencia, carreras con escasa demanda y usos políticos de las estructuras académicas. Por eso sostuvo que las universidades necesitan más transparencia y un financiamiento orientado a resultados concretos, con impacto real en la formación y el desarrollo.
La conclusión de su mirada es clara: la escuela atraviesa una transición profunda y el debate ya no puede limitarse a discutir contenidos aislados o pequeños ajustes administrativos. El desafío, según esta perspectiva, es repensar cómo se construye el aprendizaje en una sociedad atravesada por la tecnología, la conectividad y nuevas formas de producir conocimiento. ¿Está preparada la educación para dar ese salto y adaptarse al futuro?
Su mirada parte de un cambio de época que atraviesa a toda la sociedad. Taquini plantea que la escuela tradicional, pensada para transmitir contenidos en un contexto más acotado y menos dinámico, perdió capacidad de respuesta frente a un mundo donde la información circula de manera inmediata, la conectividad es permanente y la inteligencia artificial empieza a ocupar un rol cada vez más visible. En ese escenario, el docente ya no es la única fuente de saber y el aula deja de ser el centro exclusivo del aprendizaje.
Uno de los puntos más fuertes de su planteo es la diferencia entre educación e instrucción pública. Según su enfoque, la instrucción respondió históricamente a una necesidad concreta: alfabetizar y garantizar saberes básicos. Sin embargo, ese esquema quedó limitado frente a trayectorias de vida más largas, cambiantes y complejas. Hoy, dijo en esencia, aprender no puede pensarse como una etapa cerrada de la infancia o la adolescencia, sino como un proceso continuo a lo largo de toda la vida.
Taquini describe este momento como un “cambio copernicano”, una transformación que no se reduce a sumar tecnología a las clases, sino que obliga a revisar la estructura completa del sistema. En su análisis, la escuela y la universidad deben dejar de enfocarse únicamente en la acumulación de conocimientos y concentrarse más en la capacidad de aprender de forma permanente. Eso implica revisar métodos, tiempos, evaluaciones y la manera en que se organiza la experiencia educativa.
La expansión de Internet y el uso masivo de dispositivos móviles también forman parte de esta discusión. Con más del 70% de la población mundial conectada, el conocimiento dejó de estar concentrado en instituciones específicas y pasó a circular de forma constante dentro y fuera del aula. Para Taquini, esto modifica de raíz la relación entre estudiantes, docentes y contenidos. A eso se suma el avance de la inteligencia artificial, que abre un nuevo capítulo sobre el modo en que se enseñarán materias como Matemática, Historia o Filosofía en el futuro.
En ese punto, el académico incluso advirtió que las plataformas tecnológicas podrán ofrecer en poco tiempo niveles de enseñanza muy altos en distintas áreas. Su planteo no apunta a desconocer el valor de la escuela, sino a reconocer que el modelo actual exhibe límites concretos. Según su lectura, hoy el aprendizaje formal exige menos tiempo del que ocupan muchas jornadas escolares, lo que pone en evidencia una estructura que arrastra inercias y actividades que ya no siempre tienen una lógica clara.
El análisis también llega al caso argentino. Taquini describió un sistema rígido, con dificultades para adaptarse a los cambios, y usó como ejemplo la imposibilidad de completar la educación secundaria de manera completamente online. A su vez, puso sobre la mesa dos factores que condicionan cualquier reforma: la caída de la natalidad y el peso del gasto educativo. En su visión, el debate ya no pasa solo por cuánto se invierte, sino por cómo se utilizan los recursos.
En el plano universitario, su balance combina reconocimiento y crítica. Valoró la expansión que permitió descentralizar el acceso a la educación superior y llevar oportunidades a distintas regiones del país, pero señaló problemas de eficiencia, carreras con escasa demanda y usos políticos de las estructuras académicas. Por eso sostuvo que las universidades necesitan más transparencia y un financiamiento orientado a resultados concretos, con impacto real en la formación y el desarrollo.
La conclusión de su mirada es clara: la escuela atraviesa una transición profunda y el debate ya no puede limitarse a discutir contenidos aislados o pequeños ajustes administrativos. El desafío, según esta perspectiva, es repensar cómo se construye el aprendizaje en una sociedad atravesada por la tecnología, la conectividad y nuevas formas de producir conocimiento. ¿Está preparada la educación para dar ese salto y adaptarse al futuro?
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